Política
No se rinde

Martín Del Frari y su cruzada eterna por seguir prendido a la teta del Estado

Del Frari dio grandes muestras de ser de esos políticos que no conciben la vida sin el respaldo de un recibo con membrete estatal. Nunca. Jamás. Ni por error.

La carrera por el sillón de Defensor del Pueblo de Salta se transformó en un desfile de nombres propios, algunos conocidos, otros olvidados y varios recién aparecidos con más entusiasmo que méritos. Pero hay uno que brilla por insistencia más que por méritos: el concejal Martín Del Frari, que a fin de año se queda sin conchabo y ya anda desesperado buscando otro escritorio con aire acondicionado y un poderoso jornal pagado con la tuya.

La historia política del antes joven cucardo ahora reconvertido en oficialista provincial es una línea recta: siempre dentro, nunca fuera. Por eso, ahora que se le termina la banca, la idea de regresar al mundo real —ese donde las cuentas se pagan con salario privado, horarios y monotributo puro y duro— debe resultar aterrador como asado vegano.

Pero siempre hay una luz al final del túnel, y en el caso de Martín la que va es apuntar al cargo de Defensor del Pueblo, ese espacio tan jugoso en presupuesto como difuso en funciones, diseñado en la práctica para que los políticos de carrera reciclen su currículum en el mayor de los silencios.

Sin embargo, nada es tan sencillo ni tan simple. El presidente del Concejo Deliberante, Darío Madile, le puso la primera zancadilla: para competir tiene que renunciar a su banca. Y ahí está la trampa, Del Frari, que jamás dio un paso sin tener el colchón de un sueldo estatal, debería arriesgarlo todo para ir detrás de un cargo que ni siquiera tiene asegurado. ¿Alguien en serio cree que se animará a soltar la teta del Estado aunque sea por unos meses? Difícil. Más fácil es buscar la forma de estirar los tiempos y seguir cobrando mientras sueña con el nuevo sillón. Al fin de cuentas, hablamos de unas cuantas centenas de millones de pesos, no es poco.

Además, Del Frari no es una maravillosa singularidad ¡ojo! La lista de aspirantes es interminable y parece salida de un tren fantasma: Sergio Cardozo, Matías Posadas, Federico Núñez Burgos, Ángel Sarmiento, Andrés Ignacio Saraín y un lote de apellidos que difícilmente recuerde la mitad de los salteños. A ellos se suman Ricardo Nioi García, Marina Guanca, Yolanda Justinian, Marta Villagra Olivera, Silvia Escalante, Josefa Coronado, Julieta Mansilo Ceballos Paz, Analía Sánchez, Nadia Villarroel, Sebastián Aguirre Astigueta y hasta el exfuncionario bettinista Ramiro Angulo. Cierran la fila Daniela Vega, María Vega, María Graciela Oviedo, David Bravo, Juan Ignacio Rosas y Mariam Farfán. Una procesión de nombres que exhibe lo obvio: todos quieren ser Defensor del Pueblo, pero ninguno ha demostrado verdaderas aptitudes y despojo como para tal noble función.

Entre tantos anotados, Del Frari se destaca no por su preparación, sino porque encarna como pocos la patología política local: la incapacidad absoluta de sobrevivir fuera del aparato estatal. Nunca emprendió, nunca arriesgó, nunca se jugó un mango propio. Su carrera es la misma de tantos: militancia, banca, dieta, cargo, y cuando suena la campana final, la desesperada búsqueda de otro puesto donde el sueldo sea seguro y las responsabilidades, apenas decorativas. Para él, la palabra “renuncia” no es sinónimo de desprendimiento: es un salto al vacío que no se permite.

Y ahí está lo más irónico. El cargo de Defensor del Pueblo debería ser la voz incómoda que controle al poder político. Pero Del Frari es justamente lo contrario: un engranaje de ese poder, uno más en la fila de quienes llevan décadas prendidos del presupuesto público ¿Puede alguien así plantarse frente al Estado para reclamar por los derechos ciudadanos? El solo planteo da risa. La única defensa que parece preocupar es la de su propio bolsillo.

Así, lo que debería ser un concurso serio se convierte en un grotesco desfile de oportunistas, donde Del Frari funciona como símbolo perfecto de una totalidad, como sucede con la polémica película de Francella, Homo Argentum: la política salteña es el juego de las sillas musicales. La música suena, los nombres giran y bailan felices y sonrientes, pero cuando la melodía se detiene, los más vivos y oportunistas ya tienen la estrategia marcada y son rápidos para apoyar el tujes. Los demás, mientras tanto, solo miran con asco.

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