Sergio “El Oso” Leavy vuelve a la escena, aunque no por mérito ni por peso político, sino por esa obstinada capacidad de sobrevivir en los pasillos del poder incluso cuando el voto popular lo jubila en cada elección.
Tras dinamitar lo poco que quedaba de Fuerza Patria, su viejo refugio, decidió salir a elecciones amparado bajo el sello de goma del Partido de la Victoria, una estructura que ya nadie reconoce como propia, con el único propósito de restarle votos a Juan Manuel Urtubey.
Y lo logró, pero al costo de su propio entierro político: cuarto, sin estructura, sin electores fieles y con una credibilidad por el piso. Lo curioso es que, pese al papelón, ya se rumorea su inminente desembarco en el Ministerio de Desarrollo Social de la provincia.
No es descabellado pensar que Leavy jugó para el oficialismo provincial al dividir el voto opositor y garantizarle aire al Gobierno salteño.
Y, visto con más detalle, incluso podría decirse que terminó trabajando indirectamente para Javier Milei, ayudando a dispersar un electorado que podría haber complicado los planes libertarios en Salta. Un doble servicio político, efectivo y cargado de venganza y supervivencia.
Lo que sí es seguro es que El Oso sigue olfateando oportunidades donde otros solo ven ruinas, fiel a su instinto de conservar algún rincón desde donde seguir cobrando un sueldo público.
Leavy es un caso de estudio en la política salteña: hace 25 años que vive del Estado, encadenando candidaturas como si se tratara de medias o remeras. Fue intendente, diputado, senador, candidato a gobernador, senador nacional, a lo que se le cruce. Gana o pierde, pero siempre está.
No hay elección en la que no figure, aunque ya nadie lo vote con convicción. Lo suyo es pura inercia burocrática, sostenida en esa red de favores y dependencias que lo mantiene flotando en las aguas turbias del peronismo residual.
Su último experimento electoral terminó en un papelón monumental, quedando detrás de la sumatoria entre votos en blanco y anulados, pero ni siquiera eso parece suficiente para sacarlo de la grilla.
Así, su nombre suena otra vez, pero ahora como posible funcionario provincial. La pregunta ya no es qué aporta, sino por qué nadie se anima a jubilarlo políticamente.
Tal vez porque representa lo que la vieja política se niega a reconocer: que el tiempo de los eternos se acabó, que el electorado ya no perdona las traiciones, y que disfrazarse de opositor para servir al poder de turno es una maniobra que, tarde o temprano, pasa factura.
Aun así, Leavy no se rinde. Siempre encuentra una madriguera donde refugiarse mientras espera la próxima elección, el próximo cargo, la próxima oportunidad de volver a cobrar del erario público.
Su carrera es la historia de la resistencia del político profesional ante la extinción, un testimonio de cómo el sistema todavía permite que los que fracasan hacia arriba sigan ocupando espacio.
Y en esa persistencia casi zoológica de Leavy está la clave de por qué en Salta la política sigue pareciendo un ecosistema cerrado, donde los mismos nombres se reciclan, cambian de piel y se adaptan a cualquier clima, menos al del cambio real.








Seguí todas las noticias de NOVA Salta en Google News







