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Una vergüenza

Gestión Mimessi: un niño fue velado en el piso por su desinterés

Mientras él baila en festivales, se sube al escenario a cantar, bailar o tocar algún instrumento, los niños tartagalenses mueren y no tienen ni siquiera un último adiós digno de cualquier humano.

El último fin de semana largo dejó al norte de Salta sumido en un dolor tan profundo que, por varias horas, el problema central dejó de ser la falta de agua que tantos problemas está trayendo al departamento San Martín. Primero se conoció el deceso de Zaira, una niña wichí que vivía en el abandono y la pobreza ante la desidia estatal, al borde que su cuerpo estaba siendo devorado por animales. Segundo, la muerte de un niño de 13 años quien sufrió en carne propia las carencias, imprudencia e impericia de un sistema de salud en terapia intensiva.

Mientras el primer caso despertó el repudio de toda la provincia tras conocerse que el intendente de Embarcación, el médico Carlos Funes, solo había enviado algunas bolsas de consorcio para poner en las ventanas de la vivienda donde estaba postrada la niña, el segundo enardeció los ánimos de todo Tartagal, ante el abandono y desprecio que hubo por parte de la municipalidad que dirige Mario René Mimessi.

Paulo tenía 13 años y falleció por un shock séptico, paro cardiorrespiratorio y meningitis. En el hospital Juan Domingo Perón le detectaron hace una semana un virus que le producía un fuerte dolor de cabeza. Familiares declararon que los profesionales no supieron decirle de qué virus se trataba. Lo mandaron a su casa, una vivienda extremadamente precaria, de una sola habitación, con paredes de madera y plástico y piso de tierra, sin agua, sin derechos; ubicada a menos de 10 minutos de la Plaza San Martín, a menos de 10 minutos del edificio municipal tartagalense.

Es llamativo que, a metros de la ruta 34, exista una comunidad tan abandonada como Colaje, el lugar en donde vivía Paulo junto a sus hermanas y hermanos; junto a una decena de niños wichís en riesgo nutricional. Pero más llamativo aún fue que, a pesar de solicitar colaboración a la municipalidad tras el fallecimiento del niño, los familiares hayan recibido, solamente, un ataúd de material precario. Fue tal el desinterés municipal, más preocupado en los festejos por el pase a semifinal de Argentina en Qatar; que ni siquiera le concedieron la "capilla ardiente", esta serie de elementos como una base, candelabros o al menos sillas que permitieran a familiares y conocidos, despedir a su ser querido como corresponde.

Ante esta mediocridad en materia de gestión, la familia del niño no tuvo otra opción que velar los restos en su propia casa, en un rancho de madera y plástico, con el féretro en el suelo, de tierra, una imagen tan triste como dolorosa, una postal que dejó al descubierto el desinterés de Mario Mimessi y su gestión, sobre todo a las comunidades originarias. Mientras él baila en festivales, se sube al escenario a cantar, bailar o tocar algún instrumento; mientras hace “pogo” mezclado entre estudiantes o junto a mujeres en medio de la calle; los niños tartagalenses mueren y no tienen ni siquiera un último adiós digno de cualquier humano.

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